Hace algunos años cuando estuve en Tokio me sorprendió una oficina muy grande en el subterráneo de la ciudad, Cecilia me comentó que era el departamento de Objetos extraviados (porque yo sólo de japonés aprendí 5 palabras), cosas que la gente encontraba en los vagones y religiosa y decentemente llevaban a ese sitio donde sus dueños podían recuperarlos. Desde mochilas hasta teléfonos celulares, instrumentos, cosas de deportes, cualquier cosa olvidada siempre terminaba ahí. Los japoneses consideran que un objeto extraviado tiene un dueño y se apuran a devolverlo, extraviado no significa que cambia de dueño, encontrar un objeto extraviado no da el derecho de quedárselo.
En México tenemos una cultura completamente distinta. Aquí si algo se extravía, muy probablemente cambie de dueño. Recordemos la infinidad de ocasiones que hemos extraviado algo, un celular por ejemplo, y uno se resigna a no volver a verlo. Aún cuando quien pudiera haberlo encontrado recibe llamadas de amigos y conocidos o del mismo propietario para rogar o exigir que lo regresen. Casi nunca vuelve a su dueño. La frustración y la impotencia que se siente es abrumadora. Uno se siente traicionado, insultado y le desea al ladrón (porque quedarse algo que no es propio es un robo, legalmente) que le estalle nuestro celular en el rostro o que se le pudra la mano. Eso no facilita la empatía hacia los demás.
Aquí pensamos que algo extraviado, incluso "mal puesto" o "dejado sin vigilancia" nos pertenece por habernos dado cuenta. Es un reflejo triste de una sociedad de la Ley de Herodes (o te chingas o te jodes), de la Ley de Ojo por ojo (me lo hicieron, yo también lo hago - como justicia divina) y del "nace un pendejo cada segundo". Donde sentir que hay alguien "más" pendejo, que ¡Ya chingamos!, nos hace sentir orgullosos de nosotros. Pero no hay justificación.
Hace un rato fui a comprar a una conocida tienda, de esas que ahora hay decenas y decenas en cada esquina de la ciudad. Al pagar noté un celular "mal puesto" y solito. Pregunté a la dependienta si era suyo, nadie supo de quien era. Inmediatamente surgieron comentarios de otros clientes como "El que lo encuentra se lo queda", ¡"Con la falta que me estaba haciendo un celular"!, ¡"está bonito y combina con su ropa señito"!. Ni un solo: ¡"Chin, hay que devolverlo"!. Apreté la última llamada, el teléfono no tenía seguro y decía "mamá". La mujer me contestó y le comenté que alguien (su hijo o hija) había olvidado su celular en la tienda, que si podían pasar a recogerlo, que lo iba a tener la cajera.
-¿Cómo te llamas? le pregunté a la chica, para darle el nombre a la mamá.
- ¿Y yo porqué? fue su respuesta.
-Porque eres la encargada de la tienda.
- Pero usted encontró esa cosa, yo no me hago responsable - respondió desafiante.
No quise moverle al asunto, así que le di mi nombre y le dije que esperaría a que vinieran por él. Ay, mi país adorado. El país del "No nos hacemos responsables".
- Se lo hubiera llevado - me dijo un hombre en la cola - el que se le olvidan las cosas pierde. Quien les manda por pendejos. El que se descuidó, lo perdió.
- No es mío.
-Si no lo quería se lo hubiera dado a alguien más.
-Tiene dueño.
-Lo dejaron aquí.
-Pero, olvídelo...
No tardaron ni tres minutos cuando un chiquillo de unos 12 años entró corriendo y preguntando quien había encontrado su teléfono. Lo tomó y salió corriendo por donde mismo (Sí, ni gracias dijo. No importa. Se veía asustado, supongo que le hubiera esperado una buena regañada o una tunda, si no hubiese aparecido su teléfono).
Más triste que extraviar un celular, es darte cuenta que hemos perdido cosas importantes, sobre todo valores. De esos que hacen que uno tenga consciencia, que hemos perdido de vista muchas cosas, tan sencillas que facilitan la convivencia y harían de éste, un sitio más fácil de habitar, algo tan sencillo como devolver un objeto extraviado.
Malú Villarreal

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