sábado, 19 de septiembre de 2015

El hombre al final de la hilera.

Otra mañana tarde en el área de urgencias del hospital, esperando revisen a Cecilia que ya está en su 39.5 semana de gestación y Aura, mi nieta, no se decide a nacer. He pasado los últimos 5 días entrando y saliendo de la sala de espera de emergencias del hospital general y aunque parezca morbo, mientras esperaba angustiada que pasaran a mi hija a su revisión me dio por observar a las personas que entraban y salían de ahí.

Había un hombre de pie, al final de la hilera de sillas en la sala de espera. Parecía fastidiado, resignado a seguir esperando su turno para ser atendido. Una mujer reclamó la tardanza en la atención, vestía un hipil maya tradicional y lucía desmejorada. 

-Tenemos reglas, señora - le dijo el hombre recepcionista - niños y mujeres embarazadas primero, o personas con dolor de pecho.

Como en los naufragios- pensé.

Había mujeres y niños en la sala, yo frotaba la espalda de Ceci para calmar un poco sus dolores de preparto. El hombre al final del pasillo lucía fastidiado. Traté de adivinar a qué habían acudido cada uno de los que estábamos ahí: una mujer con su niña discapacitada (tal vez un problema respiratorio o de temperatura, una infección), la mujer del hipil (probablemente hipertensión), una mujer mayor con gripa (no tuve que adivinar), y el hombre al final de la hilera de sillas. Tal vez era familiar de algún paciente y estaba esperando, tal vez habían traído a su esposa o algún familiar.

Noté las manchitas de sangre sobre su playera, estaban muy arriba para ser de alguien a quien hubiera cargado y entonces un hilo de líquido rojo comenzó a deslizarse por su cuello, primero era un hilito delgado luego se volvió como una soguita roja que comenzó a manchar su ropa. ¡Estaba sangrando! Tomé una toallita húmeda de la pañalera de mi hija, tome tres y me acerqué a ofrecérselas, el parecía estar más enfocado en estar furioso y fastidiado porque no lo atendían. Le extendí las toallitas y el me miró unos segundos desconcertado:

-Está sangrando – le dije tímidamente – mucho.

El hombre tomó las toallitas y limpió su cuello, pero la sangre seguía saliendo. Le indiqué al recepcionista sin hablar, el volteó a mirar al hombre un segundo, yo estaba en shock…y el recepcionista lo observó dos segundos como diciendo ¿y? Yo estaba en shock y el resto de la sala de espera. Pero la mujer de la caja y el recepcionista parecían aburridos, supongo que habrán visto cosas mucho peores. 

La sala se llenó de un olor a sangre y el hombre se metió al baño a lavarse y tal vez buscar más papel. A mí me bajó la presión y me senté junto a Cecilia, ella tomó un respiro, estaba también en shock.

-Que pase primero que yo, mami – me dijo conteniendo la respiración entre una contracción y otra – yo aguanto, ese señor se está desangrando.

Pero supongo que las reglas son las reglas, llamaron a mi hija y por casi una hora la monitorearon en uno de los consultorios, no es que no esté agradecida con el hospital, pero el hombre con la cabeza rota estuvo de pie, a unos pasos de mí, limpiando su sangre (que no era poca) mientras pasaban a niños con calentura o mujeres con hipertensión, toda esa hora. Nos dieron de alta y el hombre seguía ahí.

Suponía que para que te atiendan en urgencias uno debía llegar inconsciente, convulsionando o desangrándose, pero ya vi que eso tampoco funciona. Ojalá que ese hombre esté bien.


Malú Villarreal

Tarea interminable (Tarde de perros).

Llegamos a las 10am al Hospital General para que revisaran a Cecy, la chica de recepción se había ido a algún sitio y estuvimos casi 15 minutos en fila para que nos pudieran dar una ficha para que nos atendieran de emergencia. Por fin la atendieron y nos sentamos a esperar noticias Había un albañil reparando la rampa de entrada a emergencias, la única puerta donde puede uno entrar o salir de la consulta de emergencia es por una rampa angosta y un albañil estaba picando el concreto y comenzó a hacer el vaciado y texturizado para dejarla como nueva.
Yo lo observé preguntándome como iba a lograr ese santo hombre mantener intacto el concreto con la cantidad de enfermos, familiares y empleados que salían de esa puerta cada minuto. Con el paso de los minutos la respuesta llegó y se volvió unas cuatro o cinco horas de una comedia al más puro estilo gringo, algo así como "el albañil contra todos", "la rampa del infierno" o algo al estilo "Tarde de perros".
Y es que muchos salían distraídos y no podían evitar resbalar, poner los pies y dañar el impecable alisado que el pobre albañil trataba de terminar, él no decía nada y volvía a alisar el tramo. Los que esperábamos afuera avisamos a los que iban a entrar con gritos y señas como si fueran a caer a un abismo, pero los que venían desde adentro de emergencias no tenían tanta suerte.
Hasta un paramédico dio una caída y resbalón batido de cemento tan acrobática y espectacular que todos gritamos, nos miramos y quisimos sacar unas cartulinas de calificación estilo olimpiadas. El albañil volvió a alisar la rampa sin decir una palabra.
Todos aconsejábamos, ponga tablas, pongan un aviso adentro, avisen a los que van saliendo y en ese momento abrieron la puerta y un niño asomó medio cuerpo, el padre evitó que derrapara sobre la rampa, pescándolo en el aire y entonces la criatura vomitó sobre la rampa, un vomito rosado, mucho, mucho vomito rosado, el padre desapareció de nuevo dentro del hospital con el niño y todos miramos al pobre artesano suspirar y alisar el concreto: ¡Usando el vómito!Cuando por fin había terminado de alisar y dar acabado a la rampa, colocó pacientemente tablas y obstáculos, cuando una mujer que salia de emergencias saltó los obstáculos tal vez preguntándose qué diablos hacían unas tablas en medio de la ramp...¡Cuas! sobre el cemento.
Todos guardamos silencio, el hombre de la cuchara se levantó, tiró al suelo sus instrumentos y se dio la vuelta, sin decir una sola palabra. Pensamos que se había dado por vencido después de 4 o 5 horas de pelear con todos, pero no. Pensamos que iba a regresar con una AKA - 47 y asesinarnos a todos, por la tarde de perros que le estábamos dando, pero no: Se fue a fabricar más mezcla y terminar su trabajo. La rampa por fin quedo con algunos pisotones menores de algunos niños pequeños, y el hombre pudo retirarse a su casa.
Vaya una lección de persistencia.