Otra mañana tarde en el área de urgencias del hospital, esperando revisen a Cecilia que ya está en su 39.5 semana de gestación y Aura, mi nieta, no se decide a nacer. He pasado los últimos 5 días entrando y saliendo de la sala de espera de emergencias del hospital general y aunque parezca morbo, mientras esperaba angustiada que pasaran a mi hija a su revisión me dio por observar a las personas que entraban y salían de ahí.
Había un hombre de pie, al final de la hilera de sillas en la sala de espera. Parecía fastidiado, resignado a seguir esperando su turno para ser atendido. Una mujer reclamó la tardanza en la atención, vestía un hipil maya tradicional y lucía desmejorada.
-Tenemos reglas, señora - le dijo el hombre recepcionista - niños y mujeres embarazadas primero, o personas con dolor de pecho.
Como en los naufragios- pensé.
Había mujeres y niños en la sala, yo frotaba la espalda de Ceci para calmar un poco sus dolores de preparto. El hombre al final del pasillo lucía fastidiado. Traté de adivinar a qué habían acudido cada uno de los que estábamos ahí: una mujer con su niña discapacitada (tal vez un problema respiratorio o de temperatura, una infección), la mujer del hipil (probablemente hipertensión), una mujer mayor con gripa (no tuve que adivinar), y el hombre al final de la hilera de sillas. Tal vez era familiar de algún paciente y estaba esperando, tal vez habían traído a su esposa o algún familiar.
Noté las manchitas de sangre sobre su playera, estaban muy arriba para ser de alguien a quien hubiera cargado y entonces un hilo de líquido rojo comenzó a deslizarse por su cuello, primero era un hilito delgado luego se volvió como una soguita roja que comenzó a manchar su ropa. ¡Estaba sangrando! Tomé una toallita húmeda de la pañalera de mi hija, tome tres y me acerqué a ofrecérselas, el parecía estar más enfocado en estar furioso y fastidiado porque no lo atendían. Le extendí las toallitas y el me miró unos segundos desconcertado:
-Está sangrando – le dije tímidamente – mucho.
El hombre tomó las toallitas y limpió su cuello, pero la sangre seguía saliendo. Le indiqué al recepcionista sin hablar, el volteó a mirar al hombre un segundo, yo estaba en shock…y el recepcionista lo observó dos segundos como diciendo ¿y? Yo estaba en shock y el resto de la sala de espera. Pero la mujer de la caja y el recepcionista parecían aburridos, supongo que habrán visto cosas mucho peores.
La sala se llenó de un olor a sangre y el hombre se metió al baño a lavarse y tal vez buscar más papel. A mí me bajó la presión y me senté junto a Cecilia, ella tomó un respiro, estaba también en shock.
-Que pase primero que yo, mami – me dijo conteniendo la respiración entre una contracción y otra – yo aguanto, ese señor se está desangrando.
Pero supongo que las reglas son las reglas, llamaron a mi hija y por casi una hora la monitorearon en uno de los consultorios, no es que no esté agradecida con el hospital, pero el hombre con la cabeza rota estuvo de pie, a unos pasos de mí, limpiando su sangre (que no era poca) mientras pasaban a niños con calentura o mujeres con hipertensión, toda esa hora. Nos dieron de alta y el hombre seguía ahí.
Suponía que para que te atiendan en urgencias uno debía llegar inconsciente, convulsionando o desangrándose, pero ya vi que eso tampoco funciona. Ojalá que ese hombre esté bien.
Malú Villarreal
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