El chico malo en mi
secundaria creía que no era popular.
La verdad es que todos
lo conocíamos, desde el primero al tercer grado, los profesores (aunque no
fueran sus profesores) y por supuesto los prefectos lo conocían. Era un chico
callado de mirada adusta y expresión enojada. Todos le teníamos cierto respeto,
guardábamos cierta distancia, no era que fuera agresivo o irrespetuoso, era que
infundía un sano temor a su alrededor, aun así se las arreglaba para tener un
grupo nutrido de amigos a los que cariñosamente maltrataba. Más de una ocasión lo vi sentado o de pie
afuera de la dirección o la prefectura esperando, algunas ocasiones lucía
desparpajado y sucio, otras ocasiones lucía impecable (así que supongo que no
siempre lo castigaban o reportaban por peleas), admito que un par de ocasiones
me ofrecí a llevar algún documento a la dirección sólo para probar lo que se
sentía que me mirara, pero nunca lo hizo. Era sencillo obtener los permisos,
después de todo siempre fui de los mejores promedios de mi salón, de mi
escuela, mascota de los maestros, disciplinada y estudiosa, abanderada en
algunas ocasiones y anfitriona de la ceremonia de los lunes, en los honores a
la bandera, del equipo de oratoria, teatro y poesía…una nerd.
Cuando él estaba esperando
castigo tampoco me miraba, de pie miraba arriba a las aulas o a la distancia,
cuando estaba sentado miraba al suelo, disgustado... Sólo una vez me miró de frente, fue por
accidente, fue una ocasión que lo topé de frente. Me miro de frente mientras
bajaba las escaleras rodeado de su grupo de amigos revoltosos, así que fingí
hacerme a un lado y agarrarme del barandal para que el grupo no me atropellara,
la verdad es que me miró y las rodillas se me doblaron. Hubiera dado cualquier
cosa por cruzar un par de palabras con él, tenía una voz maravillosa, gruesa,
de esas que tienen los chicos al cambiar su voz, lo escuché discutir, bromear e
incluso conversar, pero nunca cruce palabra con él. Nunca tuve valor para
saludarlo y él, pues creo que estaba con su mente en otras cosas. Era muy alto,
aún para lo altos que suelen ser los chicos en el norte del país, pero lo que
más recuerdo eran sus ojos. Tenía unos hermosísimos ojos color miel con
jaspeado en verde oliva. Sí, la nerd estuvo enamorada del chico malo de la
escuela, tres años…pero eso nunca fue a ningún lugar. Él nunca se enteró.
Después de la secundaria
terminé mi preparatoria en dos años, ingresé con un excelente promedio a la
facultad de medicina, de donde salí disparada unos semestres después para
terminar construyendo mi vida a 1800 kilómetros de mi ciudad natal. Me casé,
viajé, trabajé, tuve hijos y la vida que da muchas vueltas me devolvió a la
soltería, casi 30 años después y casi dos años después de mi divorcio me
contactaron a través de la bendita tecnología del whatsapp. Había olvidado a
muchos de los amigos a quienes hacía más de 26 años no había visto, algunos
nunca los volví a ver desde la
secundaria. Confieso que algunos nombres no me sonaron, pero era un grupo
divertido y nutrido, que podía acumular hasta 1200 mensajes divertidísimos en
un día. Estuve a punto de salirme del grupo ¿Quién tenía tiempo de leer 1200
mensajes en una tarde que no revisara su celular? Todos los días encontrábamos
amigos y se incorporaban excompañeros de todas las aulas, les dábamos la bienvenida
con vítores, porras y cotorreo.
Esa semana no pasó nada
extraordinario, solíamos usar los viernes para conversar hasta tarde sobre las
aventuras de cada quien por la vida, después de la secundaria. Esa noche
platicamos de la energía, del destino, las horas comenzaron a pasar y para la 1
de la mañana ya casi todos se habían ido a dormir, excepto Eduardo, un
compañero de quien no me acordaba su rostro porque estuvo en otro grupo los
tres años. Conversamos y resultó ser un padre de familia, separado y muy dulce,
extremadamente inteligente y con una conversación deliciosa. Hablamos de los
hijos y me confesó que tenía problemas para mandar a dormir a su pequeño hijo
de tres años ¿le cuento un cuento?-ofrecí (soy escritora y fui una mamá cuenta
cuentos extraordinaria, aunque mis hijas ya tenían 23 y 17 años). El pequeño
Lalito me grabó un mensaje. Me pareció extraordinariamente dulce. Pero no podía
recordar quien era Eduardo, aunque su apellido me sonaba familiar.
Entonces Eduardo y yo
conversamos en privado, me llamó y sentí un nerviosismo inicial extraño,
generalmente soy muy segura, y lo atribuí a la responsabilidad de poder dormir
al niño con un cuento vía telefónica. Eduardo me llamó y conversamos un momento
antes de contarle a Lalito un cuento. El cuento fue el patito feo y 20 minutos
después pude por fin contar fin. ¿Se durmió? – le pregunté a Eduardo…-a los 5
minutos – respondió…-¿y porque no me lo dijiste? – porque yo quería escuchar en
que terminaba el cuento del patito feo. – El corazón y el estómago me dieron un
vuelco y confieso que me sonrojó. Esa noche de viernes terminó a las 7 de la
mañana del sábado. Y la siguiente tarde terminó a las 9 de la mañana,
conversando de todo y de nada, no podía recordar quien era Eduardo, pero conversar
con él me hacía sentir feliz.
-No quiero colgar el
teléfono, le dije el lunes en la madrugada, pero sé que tienes que ir a
trabajar. – Entro a las 8, me quedan tres horas…me dijo.
No recuerdo que me haya
pedido ser su novia, no lo hubiera aceptado, soy una mujer de más de 40, las
mujeres de más de 40 se comportan como tal, no andan como adolescentes
“noviando”. Una tarde mi hija menor, que me vio por enésima hora pegada al
teléfono hablando con Eduardo me preguntó: -¿es tu novio?... - ¡No!..¡Si!..No lo
sé.
El lunes ya éramos algo.
Pero no podía recordar
quien era él y él no recordaba quien era yo. ¿y si no hay química física? – me
angustiaba pensar. Le expliqué ese temor ¿te importa lo físico? – Me
cuestionó…si es así ya perdí – me contestó. Esa respuesta me dejó fría…no podía
recordar quien era él. Así que le envié mis fotos y sin pedírselo me envió las
suyas. Y ahí estaba…unos 30 años mayor,
con la misma mirada dulce, ojos color miel y verde jaspeado. ..el chico malo de
la escuela. Observé un largo rato las fotos, recordé todo lo que sentí e
imaginé con él los tres años de secundaria…y sólo me tomó dos días y 30 años
coincidir y hacer conversación con él. Nos tomó 2 días y 30 años darnos cuenta
que estábamos enamorados.
El Miércoles (5 días
después de coincidir) me pidió que nos casáramos…Le dije que sí. No íbamos a
esperar otros 30 años para volver a coincidir.
13 días después de
encontrarnos nos vimos por primera vez, tomando en cuenta que nunca realmente
me miró en la secundaria, fue la primera vez que nos miramos con intención. Y
tal como le dije se me doblaron las rodillas lo que me dio pretexto perfecto
para rodear su cuello y darle ese primer beso que deseé por 13 días…y 30 años.
Malú Villarreal
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