Eduardo:
Cuando volvimos a coincidir
después de 30 años de no verte, no te acordaste de quien era yo, no porque
fuera parte de tus recuerdos perdidos por el golpe en la cabeza que te diste al
caer de un toro salvaje, era porque simplemente nunca siquiera me miraste en la
secundaria.
Nunca aparecí en tu radar.
Pero eso yo ya lo sabía. Siempre
trataba de darme valor para saludarte, me derretía verte sonreír, tus hoyitos en las mejillas me doblaban las rodillas (oye, tenía 12 años), pero tus ojos me traían loca, hacía planes maquiavélicos para tropezar contigo y siempre me
acobardaba. Te veía ahí, tan serio, siempre como enojado, mirando a la
distancia, por encima de mi cabeza, rodeado de tus amigos que eran como un
enjambre ruidoso que no dejaban a nadie acercarse (al menos a una nerd como yo
le aterraba intentar pasar a través de esa pandilla de socarrones), así que
nunca te diste cuenta que llegaba todas las mañanas esperando aunque fuera un par de minutos, verte en el receso.
A veces pienso, si sólo hubieses
mirado abajo en algún momento, habrías visto que ahí estaba yo. Acepto que pedí
permiso para salir a la dirección un par de ocasiones cuando estabas por enésima
vez castigado o te estaban haciendo un reporte, tal vez el numero 125 (de tus
300 y algo reportes que acumulaste). Siempre mirabas arriba, cuando estabas de
pie, y mirabas al suelo cuando estabas sentado, y yo no estaba ni en las nubes
ni en el suelo, estaba ahí, junto a ti, amor; me preguntaba que tanto pensabas
que estabas absorto, mientras yo trataba de que me notaras.
Te juro que por meses planeé
atacarte en la graduación, plantarme frente a ti y tocar tu hombro para que me
miraras una vez, una sola vez. ¿Qué pierdo si le digo que estoy enamorada de
él? Decirte que por casi dos años y medio fuiste la razón por la que me levantaba
con ganas de ir a la escuela (también me fascinaba la escuela pero tú eras una
motivación adicional), mirarte unos minutos al día, en la ceremonia de los
Lunes, en el patio a la hora del receso, jugando con tus amigos o castigado en
la prefectura me iluminaban el día, decirte que agonizaba pensando que tuvieras
una hermosa novia en casa, de la que tal vez estabas muy enamorado, en la que
tal vez pensabas mirando al cielo o al suelo ¿Qué es lo peor que puede pasar? Me
dije. Pero ese último día en la escuela te perdí de vista, y nunca más te volví
a ver.
Casi treinta años después volvimos a coincidir en el grupo
del whatsapp de amigos de la escuela, y pude cruzar una conversación contigo
por teléfono para contarle un cuento a Lalito, era apoyar a un amigo de la
escuela cuyo nombre me sonaba pero no tenías foto en tu perfil, comencé a
conversar contigo, sin saber que eras tú. Cuando me enviaste tu foto te juro
que no me caí porque estaba sentada en la cama, me sentí como cuando estaba en
la secundaria, estómago revuelto, manos sudorosas y las rodillas de gelatina
(me faltó el acné y el cabello tipo Mafalda, 30 años más vieja).
Ambos hicimos nuestra vida, hicimos cosas maravillosas,
tuvimos hijos hermosos y yo ya soy abuela. Y el destino decidió que volviéramos
a estar en el camino del otro, nos dio una segunda oportunidad. Recuerdo cuando
te vi la primera vez, después de 30 años. Cumplí mi sueño de que me miraras de
frente por primera vez (tu pensaste que yo iba a salir corriendo), yo solo
quería abrazarte y besarte. Amor, siempre estuve ahí a tu lado, no importa que
no supieras que yo estaba ahí, nunca estuviste, ni volverás a estar solo (aunque
haya distancia o estemos cerca).
Siempre quise hacerte una pregunta amor, ¿en qué o en quien
pensabas siempre que mirabas al cielo o al suelo, en esos años de la
secundaria, mientras yo trataba de hacerte notar lo enamorada que estaba de ti?
-Pensaba – me contestaste - ¿Por qué ninguna chica me amaba?
Pensaba en lo solo que me sentía.
Amor – te lo dije entonces y te lo vuelvo a repetir – nunca estuviste
solo todos esos años en la secundaria, yo estaba ahí, en frente, a un lado,
detrás, pensando en ti, siguiéndote los pasos, deseando que por un momento
dejaras de mirar al suelo o al cielo y me miraras. Apostaba que, desde esa
corta edad, podía hacer que te enamoraras de mí. Sólo me tomó 30 años.
Te amo, feliz cumpleaños.
Malú
No hay comentarios:
Publicar un comentario