Aun me estremece el olor de la tormentas acercándose (aunque nunca llovía después de todo), el sabor del pastelito de crema (amarillo y blanco) que vendía don Enrique en la tiendita de la esquina - hasta la textura en la boca la recuerdo -, los pasteles de mi madre horneándose por las tardes, el olor del guisado y la masa de maíz, mientras preparábamos tamales de hoja de elote con mi abuela socorro - para navidad o alguna celebración especial, el olor de la madera de mi closet - que mi padre me construyó solito, con costaneras, el perfume de sándalo de mi padre, el olor a flores y madera de la iglesia en mi infancia, el olor del alcohol al untarlo en su barriga de mi abuelita Ernestina, el olor a jazmín del cuarto de los cristos (decenas de cristos y fotos de cristos) de mi abuelita Socorro.
Algunos sabores y olores pueden también provocar una reacción de disgusto, el sabor y textura del atole de fresa espeso - por eso no como las cremitas - con tortillas de harina, que era la merienda obligatoria- realmente obligatoria - en casa de mi abuelita, las manzanas, que comía para calmar mis ganas de vomitar en el embarazo, y un perfume que el padre de mis hijas usaba durante mi embarazo de Cecilia, aun me provocan ganas de vomitar.
Todos en mi vida tienen un olor que los identifica.
Los olores y sabores también son fuerzas muy poderosas para traer recuerdos a la mente, mas que el recuerdo por si mismo.
Malú Villarreal
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Malú de Balam Autora - Editora
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