miércoles, 18 de marzo de 2015

Las enseñanzas de mi abuela Ernestina: El marketing y la ventaja competitiva te las creas tu mismo

Mi abuela paterna, Doña Ernestina Rodríguez enviudó muy joven, yo tenía entonces 3 meses de edad cuando mi abuelo Ramiro murió de un infarto. Ya había criado a casi todos sus hijos, así que se dedicó a criar a mi tía Pilo (por eso de ser El Pilón) la mas pequeña y aún soltera. 3 años después murió mi tia Dorita, otra de sus hijas, dejandole cuatro pequeños de menos de 8 años y una bebé recién nacida (y mi tío se dio a la fuga).

Así que tuvo que ponerse a pensar en algo en que ganar dinero (con la pensión de ferrocarrilero de mi abuelo no le alcanzaba), sólo había sido ama de casa, así que exploró sus ventajas competitivas para ofertar algo de lo que ganar dinero; no le gustaba cocinar, tampoco limpiar casas (además con tantos niños en casa no podía ausentarse), hizo su FODA (instintivamente) y concluyó que necesitaba algo en casa, que le pagara bien y que no implicara cocinar.

Decidió que sabía lavar ropa muy bien (con tanta experiencia de mantener impecable a mi abuelo), pero lavar ropa ajena era cansado, mal pagado y muy competido. No iba a cocinar definitivamente, así que analizó que tipo de lavado se pagaba bien y no tenía mucha competencia en la pequeña ciudad donde vivíamos: Frontera, Coahuila. Resultó que en la ciudad grande con la que colindábamos (Monclova) había una tintorería: Tintorería Monclova. Usaban maquinaria de punta, productos importados y te garantizaban quitar cualquier mancha en la ropa más delicada…el servicio era exclusivo y carísimo.

Asi que mi abuela invirtió unos pesos en su letrero de Tintoreria Monclova, muy nice, y abrió sus puertas a la clientela, creando toda una imagen a su alrededor y un marketing, que al día de hoy le admiro.

Con la seriedad de un concierge de hotel exclusivo recibía los vestidos de novia, trajes de casimir y ropa de gamuza en un enorme escritorio en el zaguán, mandó imprimir sus recibos de ropa y revisaba detalladamente cada pieza. Les decía a los nerviosos clientes que ella solo recibía la ropa y la enviaba a la tintorería central – nunca dijo a que tintorería central – los clientes solo supusieron (por quince años) que era la enorme Tintorería de igual nombre en la ciudad vecina, por eso el servicio era “tardado” y “caro”.

-¿Sera que se quite la mancha de tinta de mi saco doña Ernestina? Me costó un dineral – preguntaba un cliente

-No se preocupe, allá en la central tienen unos productos americanos muy buenos y unas máquinas para sacar cualquier mancha – lo tranquilizaba mi abuela.

Solo recibía ropa hasta las 3 de la tarde, antes de hacer el envío a la central. Y tarde tras tarde se iba al final de la casa, y sobre una enorme mesa de madera con un cobertor por mantel se daba a la tarea de desmanchar a mano, con el increíble producto americano desmancha todo: “gasolina blanca”, y con mucha paciencia se lavaba con la fabulosa máquina (sus manitas) todo el “envío”. Luego los colgaba a la sombra, y finalmente le pasaba un trapito con Belrosita para quitar completamente el olor a gasolina…

Vestidos de novia, ropa de seda, chamarras de gamuza….todo lavado en seco con el producto milagroso y la máquina milagrosa…ganaba 5 a 10 veces más que una lavandera regular y nunca tuvo una sola queja…porque la gente al final, tenía el resultado por el que pagó.

Viéndola de tarde en tarde aprendí sobre mercadeo, sobre creatividad y sobre negocios…que buena era mi abuela para los negocios…

Malú Villarreal
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Malú de Balam Autora - Editora

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